Datos que hablan
El sector forestal uruguayo crece de forma sostenida y mantiene un nivel de replantación cercano al 100%. Afirmarlo con certeza es posible gracias a un sistema de información oficial que lleva tres décadas recopilando y procesando datos. Una mirada a cómo se construyen los datos que sostienen al sector forestal y por qué importa más de lo que parece.
Por Manuella Sampaio
A cientos de kilómetros de altura, un satélite toma una imagen que, a simple vista, podría parecer apenas un mosaico de verdes. Manchas irregulares, líneas y bloques que se expanden o se retraen con el tiempo. Pero en esa imagen ‒que luego será procesada y convertida en cartografía‒ está la base de cómo Uruguay mide, entiende y proyecta su sector forestal.
Aunque las cifras no suelen ser lo primero que aparece cuando se piensa en un bosque, buena parte de lo que hoy se sabe ‒y se decide‒ sobre el rubro nace ahí: en una trama de datos que permite seguir el pulso de la producción. Cuántas hectáreas se plantan, cuántas se cosechan, qué especies avanzan y cuáles retroceden. Y, en el centro de esa lectura, una relación clave: por cada árbol que se corta, otro vuelve a plantarse.
Ese equilibrio, que podría parecer natural, es en realidad el resultado de un sistema de monitoreo sostenido durante décadas. Detrás hay metodologías, cruces de información y una institucionalidad que busca transformar el crecimiento del sector en una dinámica medible y verificable en el tiempo.
Desde su rol actual en la asesoría técnica de la Dirección General Forestal (DGF), del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), el ingeniero agrónomo Leonardo Boragno es uno de los responsables de ese entramado invisible. El punto de partida de su trabajo es la información oficial y, en particular, cómo se construyen los datos de superficie a partir de cartografías satelitales.
“En 2017 definimos una metodología y una periodicidad: realizar una cartografía cada tres años, también por eficiencia de recursos. La primera fue en 2018, luego en 2021 y la tercera en 2024. La próxima será en 2027, y esto nos permite tener el dato oficial del uso forestal en el país”, comenta el ingeniero.

El resultado más reciente ofreció una fotografía precisa: existen cerca de 1.161.000 hectáreas de superficie efectiva forestada, lo que representa aproximadamente el 6,6% del territorio nacional. Ese dato permite entender dónde se concentra la actividad, qué especies predominan y cómo se vincula el sector con el ordenamiento territorial.
SABER PARA CRECER
La forestación en Uruguay está anclada en una política pública que, desde la Ley 15.939 de 1987, promueve el desarrollo sobre suelos de prioridad forestal. Aun así, unas 250.000 hectáreas se encuentran plantadas fuera de esa categoría. La explicación es histórica y normativa: cambios en la clasificación de suelos, regímenes anteriores, habilitaciones específicas y, más recientemente, el decreto 405 de 2021, que reintroduce el concepto de aptitud forestal en función de la capacidad de uso del suelo.
Ese marco regula un sector que, en términos generales, muestra estabilidad pero también transformación. Si la superficie total ha crecido de forma moderada ‒entre 2021 y 2024 se incorporaron unas 75.000 hectáreas nuevas, un promedio de 25.000 por año‒, lo que cambia con mayor claridad es la composición.
“En la última década, el pino ha cedido terreno frente al eucalipto. En 2017 había unas 180.000 hectáreas de pino; en 2024, unas 130.000”, detalla Boragno.
No se trata, sin embargo, de una retracción del sector, sino de una reconfiguración de su matriz productiva, guiada por decisiones empresariales y destinos industriales. “En términos generales, el sector goza de muy buena salud. Viene creciendo de forma ordenada, respetando la legislación y con avances tecnológicos importantes, sobre todo en mejoramiento genético, lo que ha incrementado los rendimientos”, anota.
En ese contexto, la relación entre cosecha y reforestación es prácticamente uno a uno. Las excepciones son marginales, asociadas a manejos específicos como el rebrote ‒es decir, cuando el árbol vuelve a crecer desde el mismo tocón tras la cosecha‒ en algunas zonas del sur. En términos internacionales, esa tasa, que es cercana al 100%, ubica a Uruguay entre los países con mayor nivel de reposición.
Esa equivalencia es el resultado de un trabajo metodológico que combina distintas fuentes. “Nosotros hacemos estimaciones anuales a partir de encuestas a viveros y cruzando esos datos con información de extracción de madera. Así estimamos tanto la reforestación como las nuevas áreas plantadas, es decir, superficies que cambian de uso productivo hacia el forestal”, explica Boragno. De esta manera se construyen estimaciones anuales que luego se validan y ajustan con las cartografías periódicas.
A ese sistema se suman otros insumos: estadísticas de comercio exterior, registros productivos, información de organismos públicos como el Banco Central del Uruguay y, en buena medida, la colaboración del sector privado. “Es un vínculo de confianza que se ha consolidado”, dice Boragno, y afirma que sin esa cooperación, la precisión de los datos sería difícil de sostener.
El resultado de ese esfuerzo no se limita a responder cuántos árboles se plantan o se cosechan. Se traduce, también, en una serie de productos que estructuran la mirada sobre el sector: inventarios, cartografías y boletines estadísticos. Información pública, disponible y comparable en el tiempo.
“La generación de estadísticas forestales en Uruguay comenzó en 1991 y ha ido incorporan do más variables, como costos de servicios y productos. Es fundamental que esta información sea periódica, consistente, transparente y de calidad”, subraya el ingeniero.
EL VALOR ESTRATÉGICO
Los datos oficiales de la DGF alimentan decisiones a múltiples escalas. Sirven para el diseño de políticas públicas, desde ministerios hasta el Parlamento, y orientan estrategias empresariales. Además, nutren reportes internacionales, como la Evaluación de los Recursos Forestales Mundiales (FRA) de la FAO, donde Uruguay informa indicadores sobre superficie, carbono, biomasa, biodiversidad y marco legal.
En un escenario global marcado por la agenda climática, esas cifras adquieren otra dimensión. “Estos datos dialogan directamente con discusiones actuales sobre sostenibilidad, uso del suelo y cambio climático. Contribuyen a los Objetivos de Desarrollo Sostenible y a los compromisos internacionales del país”, detalla Boragno. Y suma: “La Dirección Forestal tiene un rol clave en la conservación del bosque nativo. Uruguay cuenta con unas 847.000 hectáreas bajo una legislación estricta y, en conjunto con el bosque plantado, alcanza cerca de 2 millones de hectáreas (11,5% del territorio)”.

Sin embargo, detrás de esa solidez hay límites. El principal, según el ingeniero, es la disponibilidad de recursos. La generación de información forestal es exigente y no siempre cuenta con financiamiento específico. La cartografía, por ejemplo, ha requerido apoyos externos como el del Centro Tecnológico Forestal Maderero. Y, más allá de los avances, persiste la falta de datos de campo sistemáticos. Ahí aparece uno de los desafíos centrales hacia adelante.
“Sería importante avanzar hacia un inventario forestal nacional que complemente la cartografía con datos de terreno. Es un objetivo complejo por su costo, pero necesario. Requiere creatividad y mayor articulación con el sector privado”, dice Boragno.
El otro desafío, indica, es institucional: fortalecer la Dirección Forestal en línea con el peso del sector, que hoy es una de los principales actividades exportadoras del país. Uruguay coloca productos forestales en más de 60 destinos, con una fuerte concentración en la celulosa ‒que representa entre el 80% y el 87% del valor exportado‒, pero con segmentos en crecimiento, como el aserrado.
Apoyar ese crecimiento implica, también, sostener el conocimiento que lo hace posible. Porque, en definitiva, el equilibrio entre lo que se corta y lo que se planta es el resultado de una política, de un sistema de monitoreo y de una práctica productiva que ha logrado reproducirse.
Un árbol por otro. Y, detrás de esa aparente simpleza, una maquinaria silenciosa que mide, registra y proyecta.
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