Don Omar Urioste y sus árboles
Convencido de que la ganadería y la forestación se favorecen mutuamente, como productor agropecuario impulsó las plantaciones con fines madereros. Desde su rol político promovió la creación de la segunda ley forestal y el boom del sector. A pocos meses de su muerte, el legado del innovador e incansable Omar Urioste sigue intacto.
Por Carla Rizzotto
“¿Qué aprendí de Urioste? Que el coraje da buen resultado”. La ingeniera agrónoma forestal Rosario Pou tenía 23 años y estaba recién recibida cuando don Omar la contrató para desarrollar su primer gran proyecto forestal. “En aquel momento, no solo tuvo la valentía de emplear a uno de los pocos ingenieros forestales que había en el país, sino que además era una mujer”, recuerda Pou sobre los comienzos de un vínculo laboral que se extendió desde mediados de la década del 70 hasta los 90.
Con el incentivo de una ley que permitía reinvertir hasta el 100% del Impuesto a la Producción Mínima Exigible de las Explotaciones Agropecuarias (Improme) y la voluntad de diversificar su producción rural que hasta ese entonces se enfocaba en la ganadería y la agricultura, Urioste decidió plantar pinos y eucaliptos en su campo de Blanquillo (Durazno). “Para mí fue un gran desafío porque se trataba de una plantación de más de 300 hectáreas y representaban un reto importante”, reconoce la ingeniera.
Que en el mercado local no se consiguiera tal cantidad de plantas no fue un obstáculo para esta dupla, sino más bien el estímulo para instalar un vivero forestal “muy avanzado para la época” ‒según Pou‒, que dio trabajo a muchos habitantes de la zona. “Hicimos todo el proceso de producción de las plantas y luego de plantación”, precisa la ingeniera, quien aún recuerda como si fuera hoy los viajes de 12 horas en tren para recorrer la ruta entre Montevideo y Blanquillo.
PARA ADELANTE
En tiempos en que la mayoría de los productores ganaderos eran reacios a plantar árboles con fines madereros, Urioste fundó el Centro Forestal Chileno, empresa que sigue vigente hasta estos días. Lo hizo no solo para promover la actividad, sino también para brindar servicios forestales a terceros. “Ahí es donde se refleja fundamentalmente su espíritu visionario”, opina Pou.

Es cierto que, en los años 50, cuando Omar empezó a trabajar en el establecimiento productivo de su padre Marcelino, ya había participado en plantaciones de cortinas de eucaliptos, pero eran específicamente para dar abrigo y sombra al ganado; no con fines productivos. No obstante, esa primera experiencia le demostró que era viable la convivencia del ganado con los árboles, ya que los vacunos buscaban siempre la protección de los montes.
“Era enérgico y sabía bien lo que quería”, sostiene quien compartió muchísimas horas junto a Urioste, al punto de forjar una amistad con el correr de los años. Incluso luego fueron socios en un vivero que abrieron en el barrio montevideano de Colón en la década del 80, donde produjeron plantas para forestación y ornamentales. “Al hijo, Claudio, lo conocí de pantalones cortos”, dice a modo de graficar todo lo vivido.
Para el sector su apuesta fue clave: “Demostró que era posible llevarla adelante desde el punto de vista de un productor agropecuario. Y ganar dinero, porque antes que nada Urioste era un empresario, un gran empresario”, expresa Pou, quien recordará a don Omar como la persona que la impulsó a poner en marcha su primer gran proyecto profesional.
TIEMPO AL TIEMPO
“Cuando salíamos a recorrer el campo ahorrábamos nafta porque yo estaba atento a la parte ganadera y mi padre a la forestal. Pasaba todo el tiempo hablando de arbolitos y madera”, sentencia su único hijo Claudio Urioste, quien al igual que su papá (también hijo único) empezó a trabajar en el emprendimiento familiar a los 20 años.
Claudio tiene su propia teoría sobre la “obsesión” del padre por los árboles: a su juicio, además de querer mostrarle a los descreídos que la ganadería y la forestación se complementan y favorecen mutuamente, buscaba probarles que no se trataba de un hobby o capricho de un productor ganadero exitoso y con dinero.
El tiempo terminó dándole la razón: a los 10 años de la siembra, la venta de la madera cosechada en el mercado interno de papel y más tarde exportada hacia países extranjeros como Finlandia probaron que la actividad forestal era rentable. Ni hablar en los 2000, cuando comenzó el abastecimiento a la planta de Botnia (hoy UPM), entre otros clientes.
Don Omar promovió este tipo de producción en diferentes ámbitos: empresarial, gremial y político. En lo que refiere a este último, integró un grupo encabezado por el senador Dardo Ortiz y lo asesoró en la elaboración de la segunda ley forestal, la de 1987. Los resultados son más que conocidos: esta normativa amplió los beneficios a la industria y produjo un boom en el sector, tal como ha declarado el propio Urioste en una edición pasada de esta revista.
Ingresó al Partido Nacional en los 50, cuando fue electo convencional. “Mi abuelo ejerció como diputado en dos oportunidades y cuando él colgó los botines empezó mi padre junto a los viejos caudillos de la agrupación”, añade Claudio. Si bien se postuló a la Cámara de Diputados en las elecciones de 1966, 1971 y 1984, finalmente terminó ocupando una banca en el Senado entre 1990 y 1995 tras el fallecimiento de su titular, Dardo Ortiz.

“Aunque no se dedicaba exclusivamente a la política, le insumía tiempo. Yo lo embromaba y le decía que iba al campo los fines de semana a molestar gente”, comenta entre risas Claudio, quien vivió la carrera política de su papá sin mayores conflictos, pero tampoco con ánimos de continuar esa tradición familiar. “Él me decía que yo tenía que hacer política, porque me iba a abrir la cabeza, pero nunca quise”, admite.
Como integrante de la comisión directiva de la Sociedad de Productores Forestales, formó parte de la reestructura de la gremial, facilitando sus conocimientos y todo lo que pudiera estar a su alcance para fortalecerla y fomentar el desarrollo de la industria. Además, durante más de quince años cedió generosamente las oficinas de 18 de Julio y Barrios Amorín donde se desempeñó la gremial hasta mudarse, en 2014, a la sede actual en el Edificio Ciudadela.
MÍSTER PLANILLA
La parte contable fue su expertise dentro de la empresa. Hábil con las matemáticas, no había número que se le escapara; tanto es así que lo apodaban Míster Planilla. “¿Qué planilla vas a inventar ahora?”, le preguntaba Claudio, asombrado por el apego hacia aquellos cuadros hechos a mano con suma prolijidad. Si bien con la llegada de la tecnología esos mismos números se comenzaron a trasladar a un Excel, los registros artesanales acompañaron a don Omar prácticamente hasta el último día.
La confianza depositada en su hijo para administrar las actividades agropecuarias le permitió abocarse a las cuentas y, desde luego, a los arbolitos. En ambas tareas era sumamente perfeccionista, le importaba sobremanera que se hicieran bien. Y eso se lo transmitió a su nieta Noelia Urioste, quien se incorporó a la compañía en 2009, mientras estudiaba la carrera de Gestión Agropecuaria.
“Cuestionaba todo, había que demostrarle siempre el por qué de las cosas. Hasta hace un tiempo había un cartel colgado en la puerta de su oficina que decía algo así como: ‘Antes de entrar piense qué va a hacer, por qué y para qué’”, cuenta la mayor de las tres nietas de Omar que, con el tiempo, fue sumando horas en la compañía hasta finalmente trabajar full time.

Así como fue criado en un entorno laboral donde había que aprender observando, Omar bajó esa misma línea a los que llegaron después de él, incluidos su hijo y su nieta. Si bien los dos resistieron al “arréglate como puedas”, no fue sencillo al principio. “Con el tiempo vio que yo estaba interesada, que ambos éramos prolijos y metódicos, y le fue tomando el gustito a trabajar juntos”, rememora quien comenzó a fortalecer un vínculo con su abuelo a partir de su llegada a la empresa.
Terminaron codo a codo, sobre todo desde que Omar empezó a tener dificultades en la visión. En ese momento Noelia se convirtió en “los ojos” de su abuelo, y no tuvo otra alternativa que confiar. Sin ir más lejos, durante la pandemia ella iba todos los mediodías o al salir de la oficina a la casa de su abuelo para mantenerlo al corriente de lo acontecido durante la jornada, cuenta quien heredó las tareas de Omar. “Por ahora, chiquita al lado de él, pero no hay que ‘apichonarse’”, se arenga a sí misma.
A pesar de la limitación visual, Urioste siguió de cerca hasta el último día los números de la empresa. Tenía 94 años cuando falleció el 12 de agosto pasado. Claudio es un convencido de que las siestas diarias (y sagradas) de 45 minutos de su padre fueron la clave de su larga vida. “Si tenía alguna preocupación antes de la siesta, desaparecía al despertarse”, cuenta su hijo con una pizca de envidia sana. Dibujar y leer eran otros pasatiempos que lo relajaban.
La frase ‘de esta agua no he de beber’ no solía estar en su vocabulario: “Si tú mañana le decías ‘vamos a probar a hacer libros de nailon en vez de papel’, él te decía ‘bueno, mostrame cómo se hace, traeme el proyecto’ y lo estudiaba. Era muy abierto a cosas nuevas”. Ese espíritu innovador y arriesgado le dio muchas alegrías y también algún que otro dolor de cabeza. Pero valió la pena, dicen sus seres más queridos.
¿Cómo cree que será recordado su padre en Uruguay? “Como un gran luchador, como un impulsor, un promotor de la forestación en Uruguay”, ase gura Claudio. Y ese legado no se lo quitará nadie.
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