• Sábado 04 de diciembre de 2021

Viveros forestales: espacio de desarrollo femenino

Dentro de los viveros forestales no solo crecen los pequeños plantines que se convertirán en gigantescos árboles. Allí también surgen las mujeres del interior que echando raíces fuertes evolucionan laboralmente. ¿Por qué los viveros se han convertido en un espacio de desarrollo femenino? ¿Cómo contribuyen a la inclusión de la mujer en el trabajo forestal?

Lucila Sanguinet (56) nunca había trabajado fuera de su casa cuando hace casi tres décadas fue contratada como operaria en el vivero de una empresa forestal en Rivera. “Tengo sexto de escuela”, pensaba, “¿qué voy a hacer? Seguro plantaré, haré trabajo de vivero”. Ni en sus sueños más alocados, una jovencísima Lucila imaginó que terminaría siendo supervisora, que tendría una veintena de personas a su cargo y una sólida carrera de 27 años que la llevaría a capacitarse, formarse y desarrollarse tanto en su vida personal como laboral.

La historia de Lucila es una de las tantas vidas de mujeres rurales que han sido transformadas en Uruguay dentro de los viveros forestales. Un familiar suyo ya trabajaba en la empresa Cofusa cuando su esposo agarró un puesto allí y debieron dejar de plantar la chacra de casa, que era su fuente de ingreso anterior. Lucila lo vio como una oportunidad y también se animó a postular. “A los 15 días me llamaron”, dice.

Viviendo en Paso de Serpa, a nueve kilómetros del vivero, Lucila y su esposo se tomaban un ómnibus de línea para llegar a trabajar. En ese momento, vivían en una casita en el patio de la casa de la madre de Sanguinet. Hoy va en su propio auto. “Ahora tengo mi casita, me compré el auto. Todo con el trabajo de mi esposo y mío, siempre tratamos de aprovecharlo al máximo”, explica.

VALOR ESPECÍFICO

Tradicionalmente, desde los inicios de la forestación en Uruguay, los viveros siempre fueron un espacio laboral mayoritariamente femenino. La del vivero “es un tipo de tarea que requiere concentración, observación y manualidad. Implica ser cuidadoso con las manos, estar en la precisión del corte, usar la tijera, hacer una clasificación cuidadosa de las plantas. Las mujeres tienen más habilidad manual, aunque obviamente esto no significa que no haya hombres que puedan hacer muy bien el trabajo”, explica Mara Pisano, gerente de Recursos Humanos de Lumin.

Desde la experiencia, Lucila también confirma esta afirmación. Para ella, la metodología de trabajo exige mucha precisión y cuidado, y la mano de obra femenina aporta en esta dirección. “Muchas labores son minuciosas y sensibles. Antes, por ejemplo, cuando utilizábamos semillas y hacíamos repique, si nacían dos o tres semillitas en una celda teníamos que pasarla a otra que estuviera libre. Las mujeres somos, por lo general, más delicadas en el trabajo con las plantas”, sostiene Lucila.

“Tenía solo hasta sexto de escuela, siempre viví en el medio rural. Nunca me imaginé hacer todo lo que hago ahora”. Lucila Sanguinet, Cofusa

Aunque la modernización de los métodos y la introducción de la reproducción clonal han hecho que se dejaran algunas técnicas de lado, la habilidad manual de las mujeres sigue siendo necesaria. Así, los viveros han permanecido como un lugar de desarrollo laboral femenino dentro de la industria. “Si bien parece algo cultural que se atribuya estas características a las mujeres, en los hechos vemos esta habilidad especialmente desarrollada en las mujeres, que a las 48 horas de incorporarse al vivero ya lo hacen como si fuera innato, les sale natural. En cuanto a la calidad, identificamos un rendimiento superior de las mujeres de entre un 25% y 30% en comparación con la misma tarea ejecutada por hombres”, dice Pisano.

Actualmente, en el vivero de Cofusa trabajan 20 mujeres y siete varones. En el caso de Lumin, más del 60% del personal del vivero es femenino. “Debido a que muchos trabajos están culturalmente asociados a los hombres, es clave que un trabajo como el de los viveros valore especialmente el trabajo de las mujeres”, sostiene Pisano.

CRECER Y FLORECER

Lucila conoce el trabajo del vivero a la perfección. Hacer las estacas de las madres; hacer los clones; plantarlos en bandejas de 104 o de 96; cuánto sustrato ponerle a cada bandeja; cuánto tiempo dejarlos en la cámara de enraizamiento; cómo llevarlos a la zona de cría; clasificarlos por tamaño; separarlos celda de por medio para proveer ventilación y evitar hongos; sacar a los plantines del tubete; prepararlos para ser trasladados al campo. Lo recita como si se tratara de la lista de las compras y no de un complejo proceso que necesita de una precisión finísima para que luego esos pequeños plantines puedan convertirse en los árboles de los cuales depende el negocio.

“Todo el trabajo que hoy hacen las chicas, cada uno de esos pasos, yo los hice por años”, explica Lucila. “Eso me facilita la supervisión porque uno conoce y sabe cuánto tiempo lleva hacerlo, cómo debe quedar. Es algo muy importante”. Sanguinet confiesa, riéndose, que hasta ha manejado maquinaria como el tractor y el elevador. “Si digo que he hecho de todo es porque ¡he hecho de todo!”.

femenino viveros forestales
Lucila Sanguinet y su familia posan frente a su casa en Paso de Serpa, Rivera. (Fotografía: archivo personal)

Sanguinet es una apasionada de su trabajo. Tanto que acepta que muchas veces, cuando está en casa, igual esté pendiente de cómo va el riego en el vivero, si está funcionando bien o no. Hoy puede vigilarlo, controlarlo y hasta modificarlo desde el celular. Su relación con la tecnología es prueba irrefutable de cuánto se ha desarrollado profesionalmente Lucila. “Yo no tenía ningún curso de nada, siempre viví en el medio rural, mi familia era modesta. Nunca supe manejar una computadora y con casi 40 años tuve que hacer mi primer curso”. ¿Tuvo dudas? Claro que sí, pero jamás le cerró las puertas al aprendizaje. “En un principio pensaba ‘no voy a saber’ o ‘no puedo’, pero lo hice. A mí me gustaba aprender, pero no había tenido la oportunidad”.

Al vivir tan cerca del vivero, Sanguinet se sentía comprometida a aprender. “Qué pasa si hay algún problema un fin de semana, no va a venir alguna persona de lejos siendo que estoy yo al lado. Tenía que saber”. Aprendió poniendo atención a sus supervisores y a los ingenieros mientras trabajaban; aprendió preguntando cómo funcionaban las cosas; aprendió yendo a cursos y capacitaciones promovidos por la empresa. “Nunca me imaginé llegar a hacer todo lo que hago”.

Así como lo fue para Lucila, el vivero –muchas veces– es la puerta de entrada a un trabajo estable y con posibilidades de desarrollo para la mujer rural. Pisano explica que “el ingreso al vivero, que a priori resulta para ellas lo más accesible, les da la oportunidad de seguir creciendo. Por ejemplo, hay empleadas contratistas que son incorporadas a la plantilla de la empresa. Asimismo, hay mujeres que, habiendo comenzado en el vivero, luego pasaron al área industrial”. Y como Lucila y Cofusa en Rivera, en Tacuarembó Lumin también tiene actualmente una jefa de vivero, una supervisora de vivero y una capataza de la cuadrilla.

Un detalle no menor es, además, que “en los viveros necesitamos calidad, no velocidad, lo cual nos permite generar oportunidades para mujeres adultas también. Nuestro promedio de edad de esas mujeres es de 45 años”, detalla Pisano.

CERCA DE CASA

Para Lucila vivir cerca del vivero “siempre ha sido un privilegio”. Cuando arrancó a trabajar, su hija –que hoy tiene 38 años y es maestra– aún iba a la escuela. Equilibrar la maternidad con el trabajo requiere de esfuerzo. “Felizmente, mi hija siempre fue bastante independiente desde chica y tuve el apoyo de mi madre que la ayudaba a prepararse para tomar el ómnibus frente a casa para ir a clases”, confiesa.

De todas formas, el tener un trabajo cerca de casa facilita la dinámica. Dependiendo de dónde se viva y en qué empresa se trabaje, normalmente los trabajadores llegan al vivero en ómnibus particular o se les proporciona el costo del boleto o del combustible. La certeza de que, ante una eventualidad, uno pueda llegar rápidamente adonde está su familia es clave para las trabajadoras en el interior.

Para la mujer rural y del interior, comenzar a trabajar en un vivero forestal es, muchas veces, la puerta de entrada a otros puestos y áreas en el sector.

Pisano comenta que en Lumin, “de las trabajadoras del vivero, solo una minoría tienen una familia constituida con una pareja y un ingreso complementario. La amplia mayoría son jefas de hogar, madres solteras y abuelas que dan sostén a su familia”. Tener un trabajo en territorio es, entonces, prioritario. “Esto se está expandiendo y realmente se generan oportunidades para las mujeres de Tacuarembó”, dice.

Cuando Lucila mira hacia atrás sigue sorprendiéndola cuánto han cambiado las cosas: ya no se trabaja en una cancha a cielo abierto ni se tiene que ir a la sala de maquinaria a prender la bomba para el riego. Ella tampoco es la chiquilina que vivía en el fondo de la casa de su madre y plantaba la chacra. Así como los plantines que reprodujo y cuidó, Lucila también creció firme hacia arriba.

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27 abril, 2021