• Jueves 20 de septiembre de 2018

Tras los pasos de la industria

Por María José Fermi

Mucho ha cambiado desde que José Miguel Otegui, el mayor de los hermanos, se subió en el primer barco que exportó madera en 1988. Javier Otegui, uno de los hermanos menores y hoy director de dos empresas protagonistas del sector, repasa en esta entrevista la transformación de la industria en los últimos 30 años.

–Cofusa es una de las empresas pioneras en el ámbito forestal uruguayo. ¿Cómo nacen las iniciativas dentro del negocio familiar para incursionar en forestación, un sector poco desarrollado a fines de los ochenta?

–Era un sector casi inexistente, diría. Fue un proceso: entramos al sector forestal como consecuencia de que Antel compró centrales para telefonía digital a Ericsson. Como contrapartida, Uruguay pidió colocar ciertos productos nacionales en Escandinavia. Ericsson nos contacta, pues teníamos una trading, para ver qué productos podían ser canalizados. Se intentó con los tradicionales: lana, carnes, lácteos, granos, y no había chance. Finalmente, se dio la posibilidad de vender madera de eucalipto en rolos para plantas de celulosa. Nosotros nos encargamos de que eso sucediera. Mis hermanos mayores, que son los que empezaron la compañía, compran el primer campo con destino forestal en diciembre de 1987 y en agosto de 1988 se carga el primer barco con destino a Finlandia.

–Aquella fue una experiencia titánica.

–Era como venderle hielo a los esquimales. Uruguay tenía muy pocas plantaciones de eucaliptos en ese momento, no tenía mayor conocimiento en cosechar ni mover volúmenes importantes. No había servicios desarrollados; lo que hoy sucede casi sin darnos cuenta en esa época era inexistente. Nos tuvimos que involucrar en todos los pasos de la cadena: cosecha, carga, transporte, medición, acopio y carga del buque. Se perdió muchísimo dinero en ese primer barco. A pesar de esto, se tuvo la perseverancia de continuar.

“Uno se ríe ahora de lo poco que sabíamos; recordás cómo se hacía hace 30 años y te agarrás la cabeza”

–¿Qué tan difícil fue desarrollar toda la cadena industrial desde cero?

–Para cosechar la madera necesaria para la carga del primer barco de rolos para celulosa, a José Miguel –quien falleció hace unos años– se le ocurrió buscar comparsas de esquila que tuvieran un jefe que manejara un grupo de 15 o 20 personas y un camioncito para transportar el personal. Los hizo tomar un curso de motosierra, les compró las motosierras para pagarlas con trabajo futuro. Hubo que diseñar todo el sistema de medición, porque no se sabía cómo medir la madera. Se hizo por el principio de Arquímedes: se sumergía un paquete homogéneo de palos en una cuba de agua y por el desplazamiento del volumen de agua se sabía cuál era el volumen de madera. Uno se ríe ahora de lo poco que sabíamos; recordás cómo se hacía hace 30 años y te agarrás la cabeza. A lo largo de los años el sector se fue modernizando. Un granito de arena lo pone Botnia [hoy UPM]. La primera planta de celulosa subió enormemente la vara de exigencias para los proveedores y contratistas en cuanto a procedimientos de trabajo y normas de seguridad. Hoy Uruguay está muy desarrollado en lo que es servicios de cosecha y de transporte; pasamos del tercer mundo al primer mundo en pocos años.

–¿Cree que la ley marcó un hito en el desarrollo del sector forestal?

–Sin duda. Uno podrá discutir si la ley fue mejor o peor, pero hay algo que no se puede cuestionar y es que ha sido exitosa. Antes de la ley prácticamente no había forestaciones en el país. Lo más importante fue la señal que envió al inversor: fue votada de forma unánime con el mensaje de “venga a invertir al sector que es bienvenido”. Los beneficios de la ley, a mi criterio, no fueron tantos para el forestador. Además, a lo largo del tiempo, muchos beneficios han ido desapareciendo. El sector de la celulosa hoy prácticamente no tiene casi ninguna exoneración fiscal. Para otros países Uruguay es caso de estudio. Uno a veces no le da la trascendencia que merece. Los argentinos nos miran con sana envidia al ver cómo un país que no tenía nada de sector forestal tuvo este desarrollo en treinta años. Es importante destacar a los que empezaron sin tener muy claro hacia dónde iba esto; desde el legislador hasta los pioneros. Comenzaron sin tener las cartas vistas, pero marcaron un rumbo. Sin eso seguramente hoy no tendríamos sector forestal.

“Es importante destacar a los que empezaron sin tener muy claro hacia dónde iba esto; desde el legislador hasta los pioneros. Comenzaron sin tener las cartas vistas, pero marcaron un rumbo. Sin eso seguramente hoy no tendríamos sector forestal”.

–¿En qué medida ha influido el avance de la tecnología durante estos años en la industria forestal?

–En el sector de la celulosa, con dos plantas y posiblemente una tercera en los próximos años, se trata de industrias de altísima tecnología. En el caso nuestro, que estamos en el sector de la madera aserrada, el concepto de cortar un palo para hacer tablas es similar al que había hace 100 años: se cortan con una sierra bien afilada que tiene dientes. Eso sí, la informática y las nuevas tecnologías están aplicadas a que las sierras se regulan electrónicamente y son gobernadas por un escáner. Este mide la forma, diámetro y largo del palo, y en función de eso le da la orden a la sierra de cómo cortar cada trozo. En los primeros años no había opciones de corte. Tú “seteabas” el corte y estabas todo el día haciendo lo mismo. Tenías muy poca flexibilidad para cortar un tronco más apropiadamente, entonces los rendimientos de tronco a tabla eran peores.

–¿De qué otras formas evolucionó la industria?

–Han pasado muchas cosas desde exportar solo madera en rolos para celulosa a la industria del aserrado, la cogeneración eléctrica o la producción de celulosa. Se fueron desarrollando otros sectores e industrias satélites; por ejemplo, el uso de los subproductos de un aserradero. En números muy groseros, el 50% del volumen de los troncos que entran se transforman en tablas, un 25% termina en chips y otro 25% en aserrín. Si a una fábrica entran 1.000 toneladas por día, tenés 250 toneladas de chips y 250 de aserrín que debés utilizar de alguna manera porque si no al poco tiempo terminas sepultado. El manejo de los subproductos es una oportunidad. En 2010, con los subproductos empezó a trabajar nuestra planta de cogeneración eléctrica. Los subproducto alimentan una caldera que con vapor de alta presión activa una turbina que genera energía eléctrica. El vapor residual se utiliza para secar las tablas. Le entregamos toda la energía producida por biomasa a UTE.

“El forestal es un rubro que ya se está poniendo los pantalones largos. Ojalá haya más diversificación, en especial con plantas de tableros o aserraderos”

–¿Fue la industria forestal una promotora de la descentralización del país?

–La industria fue fantástica para ese fin. No se planta en las ciudades, se planta en el campo, por lo tanto todas  las actividades son en el campo, desde laborear la tierra hasta transportar madera de un lado a otro. Normalmente las industrias están relativamente cerca de los bosques por Río Negro, Paysandú, Colonia, Rivera o Tacuarembó. Claramente es un sector que ha descentralizado el trabajo, sobre todo hacia fuera de Montevideo.

–¿Qué tan desafiante fue abrir mercados internacionales viniendo de un país nuevo en el sector forestal?

–Veníamos de un país que se llamaba Uruguay que en el mundo forestal era totalmente anónimo. Eso también era una oportunidad: nos dio la chance de hacer plantaciones en lugares donde no había bosques tropicales, donde no tenías que sacar una especie nativa para poner un arbolito. Prácticamente todas las plantaciones del país están certificadas bajo la normativa FSC o PEFC. Esa es una gran llave de entrada en el mercado.

–¿Qué tan importante fue para el sector industrial que se pudieran establecer dos plantas de celulosa en el país?

–Ha sido fundamental por diversas razones. Tenemos un sector que hace 30 años estaba en cero y hoy es el producto 1 o 2 de exportación del país. El sector forestal, si consideramos la cadena desde el vivero hasta la primera fábrica que transforma la madera, ocupa en el orden de una persona por cada cincuenta hectáreas forestadas. Es un sector en el que trabajan más de 20.000 personas. Se piensa que ocupa poca gente, pero está a similar nivel que la lechería, medida desde el tambo hasta la industria que produce la leche en caja, la manteca o el queso. Además, dentro del sector agropecuario probablemente sea el de mayor formalidad en cuanto a empleo, con quizás los estándares de seguridad más altos. Es un rubro que ya se está poniendo los pantalones largos. La celulosa fue fundamental para eso. Ojalá haya más diversificación, en especial con plantas de tableros o aserraderos.

–¿Hay potencial para ampliar el abanico? Canadá, por ejemplo, tiene más de 140 productos derivados de los bosques.

–Sí, pero tenemos costos muy caros de producción. Nueva Zelanda, que tiene condiciones más parecidas a las nuestras que Canadá, tiene costos logísticos mucho menores que Uruguay. Primero, porque al ser islas siempre tienen puertos más cercanos y sus distancias de transporte son más cortas. Nosotros estamos a 500 kilómetros y no tenemos otra opción que ir al puerto de Montevideo. Segundo, el gasoil, principal insumo del sector, en Nueva Zelanda cuesta un dólar por litro. La mochila más grande que tiene el sector forestal es su alto costo logístico por distancias y un gasoil muy caro.

“La primera planta de celulosa subió enormemente la vara de exigencias en cuanto a procedimientos de trabajo y normas de seguridad. Pasamos del tercer al primer mundo en pocos años”.

–¿Cómo proyecta el futuro de la industria forestal en el Uruguay?

–Creo que el sector se va a seguir desarrollando. Uruguay tiene espacio para seguir creciendo, ya sea en el sector de la madera sólida como en la industria química. A veces las cosas suceden un poco lentas; mientras nosotros tenemos un par de años hablando de la eventual tercera planta, los brasileños inauguran una planta de estas por año. Considero que Uruguay se va a estabilizar en un área forestal del orden de 1,2 millones de hectáreas por los tipos de suelos que tenemos y por otras actividades. En cuanto a oferta de madera, creo que habrá lugar no para una tercera planta de celulosa sino para una cuarta también. En el 2030/2035 habrá madera suficiente para esto. También hay potencial para seguir creciendo en el sector de la madera sólida. Dependerá de cuán caros y cuán flexibles seamos para captar inversiones, porque son industrias que requieren mucha mano de obra y la gente se asusta con proyectos de ese tipo. Va a depender de qué señales y condiciones demos a los posibles inversores. El sector tiene todo para seguir creciendo, si lo sabemos hacer.

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