• Domingo 08 de diciembre de 2019

Que no se apague el canto

Por Valeria Tanco

Si ponemos atención a nuestro entorno sonoro, las ranas y los sapos machos, que son quienes cantan como llamada de apareamiento, ya no se escuchan tanto como hace algunos años. Hay varias causas por las que ha mermado la población de estos anfibios fundamentales para el ecosistema, una de ellas es la proliferación de un hongo del que recién se tuvo noticias hace dos décadas a nivel global y que, lamentablemente, se encontró también en una especie de rana autóctona de Uruguay.

Aunque a escala científica se sabe bastante poco respecto al tipo de insectos de los que se alimentan los sapos y ranas (el nivel taxonómico de resolución en el que se ha trabajado hasta ahora indica que son generalistas), lo que sí está comprobado es que son controladores de plagas naturales. Su presencia en bosques, entonces, no solo es deseable desde el punto de vista de la biodiversidad, es importante también por este rol controlador de la población de insectos. Con el fin de tener una mejor idea de la relación de los anfibios con las plagas de los cultivos en general y de la forestación en particular, se están llevando adelante iniciativas que pretenden conocer mucho más en detalle la composición de su dieta, por lo menos a escala de familias o géneros. Pero, mientras tanto, se sabe que sapos y ranas aportan su cuota de regulación en la población de insectos, gracias a su régimen alimenticio en base a artrópodos, de los cuales muchos son perjudiciales para la vegetación. La resiliencia del ambiente y la calidad de vida, del agua y del aire, es obviamente mucho mayor cuando la regulación es natural y no mediante agrotóxicos.

Viendo más allá del bosque, uno de los roles más importantes que tienen los anfibios en cualquier lugar es el de transferencia de nutrientes. Su ciclo de vida bifásica, primero acuática y luego en tierra, hace que cuando dejan de ser renacuajos y salen del agua lleven consigo nutrientes que son esenciales y quedan disponibles para los animales terrestres.

El hongo quitridio (Batrachochytrium dendrobatidis) se alimenta de un producto de la piel de ranas y otros anfibios, y su propagación ha sido letal para estos animales.

También a consecuencia de la vida bifásica, por más que desarrollan pulmones en la vida adulta, los anfibios utilizan la piel para intercambiar gases. Por lo que ese órgano, delgado y sin pelos que lo recubran, resignó su función de protección mecánica por una función química.  Entre los productos de la piel de los anfibios hay alcaloides, sustancias de interés biomédico que se utilizan en medicina aplicada. O sea que ranas y sapos también son importantes a nivel de investigación científica para el desarrollo humano.

HUÉSPED DAÑINO

El quitridio (cuyo nombre científico es Batrachochytrium dendrobatidis) es un hongo que se alimenta de algunos componentes de la piel de los anfibios. Frente al ataque del hongo, esta última enferma y pierde parte de su capacidad química funcional y de defensa inmunológica. En el caso de los renacuajos, la infección a causa del hongo se produce en la boca, genera malformaciones y afecta los queratodontes, que son las estructuras que utilizan para alimentarse por raspaje, y entonces se ven impedidos de conseguir las pequeñas películas vegetales que crecen sobre la vegetación acuática y son su alimento. El quitridio, obviamente, necesita de la presencia de anfibios para alimentarse, pero sus esporas pueden mantenerse vivas por un tiempo dentro del agua dulce aun cuando no hay animales. Es más, el hongo tiene la capacidad de sobrevivir en forma vegetativa a la desecación hasta que el agua vuelva. Es resistente y dañino, a partes iguales.

El profesor adjunto del Laboratorio de Sistemática e Historia Natural de los Vertebrados de la Facultad de Ciencias, doctor en Zoología Raúl Maneyro, explica cómo se llegó al quitidrio: “No es un secreto que hay una crisis global de biodiversidad, todos tenemos claro que las especies se están extinguiendo de forma más acelerada.

Pero en el caso de los anfibios, se percibió que había una declinación global de poblaciones inexplicable por causas conocidas. Fue en la década de 1990 que aparecieron las primeras referencias a este hongo. Se hizo un abordaje a través del cambio climático, no ya en sus efectos directos, sino en los indirectos, y uno de ellos puede estar asociado a este patógeno. Si no consigue un hospedero en cierto período de tiempo o si la temperatura es muy baja, el hongo se desactiva, pero el aumento de la temperatura media global hace que el hongo prolifere en algunos lugares donde no estaba o estaba en forma muy incipiente y que tenga más chances de sobrevivir, y por lo tanto los anfibios tengan menos chances de sobrevivir”.

EXTRANJERO NACIONALIZADO

Según un artículo de la web en español de National Geographic ‹nationalgeographic.es/noticias/animales/anfibios/el-asesino-de-ranas›, el quitridio ha llevado a más de 300 especies de ranas y otros anfibios al borde de la extinción en unas pocas décadas. En cita al biólogo de la Universidad Estatal de San Francisco, Vance Vredenburg: “Este patógeno es sinónimo de malas noticias, es peor que cualquier otro en la historia”.

El artículo de National Geographic habla de la búsqueda científica que se lleva a cabo en distintos lugares para identificar huéspedes potenciales de otras especies, y se centra en una investigación puntual que detectó que el cangrejo de río también es atacado por el hongo. El problema es que no puede ser el único otro animal responsable de la propagación, ya que no se encuentra en todos los cursos de agua dulce donde hay anfibios afectados o presencia de quitidrio. Al respecto, Maneyro explicó a Forestal que hay muchas especies que son portadoras del hongo, incluso los seres humanos, que lo transportamos, por ejemplo, en el calzado. Alcanza con que se trasladen las esporas para que se termine inoculando sin saber y sin intencionalidad a cursos de agua dulce que estaban libres del patógeno. Puntualmente, la introducción de especies no autóctonas es una puerta de ingreso muy importante para este y otros patógenos que no se encontraban naturalmente en un lugar.

En Uruguay, concretamente, esta última puede haber sido una de las vías de entrada del quitidrio. En la década de 1980 se introdujo la rana toro, una especie exótica que se cría con fines comerciales para la gastronomía.

Hace ya algunos años se detectó la presencia de quitidrio en un criadero de rana toro cercano a Montevideo. No sería de extrañar que, debido a que normalmente se producen escapes de estos animales, el hongo haya salido de allí a los ecosistemas naturales. Maneyro señala que “la rana toro es un animal bastante rústico, de gran tamaño, que tiene una capacidad de proliferación muy alta. Si el hongo la afecta y la infecta, no es tan grande la afectación como puede ocurrir con un animal de otras características, típico de nuestra fauna. El mismo patógeno tiene un efecto totalmente distinto en una especie que en otra.

Las ranas y los sapos, gracias a su régimen alimenticio en base a artrópodos que son perjudiciales para la vegetación, son controladores naturales de plagas. Su presencia en bosques no solo es deseable desde el punto de vista de la biodiversidad, es importante también por este rol.

En Uruguay las especies son bastante sensibles al quitridio, quizás por un tema de tamaño, no está claro el porqué”. Más allá del origen y la evolución del hongo en el país, en el año 2011 el Laboratorio de Sistemática e Historia Natural de los Vertebrados de la Facultad de Ciencias logró detectar la presencia del quitidrio en un ejemplar adulto de una especie autóctona amenazada, una rana peculiar de tamaño pequeño que se encuentra en ambientes arenosos y cuyo nombre científico es Pleurodema bibroni.

FUERA DE AMBIENTE

La búsqueda y detección del quitidrio no es tarea fácil. En particular, por la vía de la histología. Si no hay sospecha de la presencia del hongo, es como buscar a ciegas. Además, la piel es un órgano grande, y la única forma de conseguir una muestra en este caso es el sacrificio del animal.

Sin embargo, la capacidad de diagnóstico se ha incrementado y se ha vuelto menos invasiva a través del uso de técnicas moleculares. Maneyro describe cómo en el laboratorio “últimamente, para esa infección en particular, si bien la confirmamos por histología, la detectamos por PCR, técnicas moleculares. Se hace un raspaje con un hisopo especial que no tiene sustancias orgánicas en el cuerpo del animal, en las zonas donde tenés más chances de que haya hongo o espora.

Ese hisopado se amplifica con una técnica de amplificación de ADN común y corriente, como la que se hace en tejido o sangre, y se detecta la secuencia del hongo. Si está presente, conviene tratar de hacer una confirmación por histología, para verlo. En este momento estamos hisopando. Somos un laboratorio de zoología y utilizamos técnicas moleculares, así que el hisopado se manda al exterior para su análisis”.

Frente a la pregunta de si hay esperanzas de poder erradicar el patógeno, Maneyro responde con cautela: “Una de las líneas que se está trabajando a nivel global es buscar el tratamiento, para el individuo y para el ambiente. El objetivo es sacar el hongo del ambiente y/o curar los individuos. Pero es un trabajo muy difícil, si las enfermedades humanas demoran en desterrarse, es el caso del ébola por ejemplo, esto es lo mismo. Cambia la prevalencia del hongo según los ecosistemas, pero no se sabe por qué”. En este sentido y lamentablemente, Uruguay es bastante ideal para el quitidrio porque, además de que como ya se señaló las especies autóctonas son más sensibles a él, la temperatura óptima para su funcionamiento ronda los 20°. “Y nosotros tenemos la desgracia de estar en ese rango”, concluye Maneyro.

Descargar versión PDF
01 diciembre, 2014