• Miércoles 28 de octubre de 2020

Preservación voluntaria y exigente

A partir de la ponencia Conservación en tierras privadas de uso forestal de las expertas Carolina Sans e Inés Aguerre, abordamos cómo el sector gestiona la conservación a través de las Áreas de Alto Valor de Conservación (AAVC).

Como miembros de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la Unión Internacional para Conservación de la Naturaleza (UICN), las ingenieras agrónomas forestales Carolina Sans e Inés Aguerre presentaron la ponencia Conservación en tierras privadas de uso forestal en el Congreso Latinoamericano de Áreas Protegidas de la UICN de octubre 2019, con el objetivo de evaluar el aporte de las Áreas de Alto Valor de Conservación (AAVC) del sector forestal.

Las AAVC de las empresas forestales son importantes por su aporte a la biodiversidad y a mantener los valores de conservación. Son áreas definidas en los predios de empresas forestales que estas se comprometen a gestionar para preservar sus atributos. Un punto singular es que se trata de una iniciativa discrecional, ya que, como señala Sans, “las AAVC se enmarcan en los requisitos que establecen principios y criterios del sistema de certificación, que es de carácter voluntario”. Uno de los principios exige que estas áreas y sus atributos se mantengan. Ambas profesionales destacan que, de todos los sectores productivos, el forestal es el que siempre ha tenido mayor enfoque en conservación.

Para Sans “dentro de la carrera de ingeniero agrónomo, la orientación forestal fue la primera que empezó a desarrollar docencia e investigación en la temática de áreas protegidas en el país”. De todas las carreras universitarias fue la única que durante muchos años incluyó planificación de áreas silvestres, y actualmente ninguna cuenta con una materia vinculada al tema. Aguerre agrega que esa materia era “una de las pocas instancias en las cuales los alumnos obtenían conocimiento del marco legal ambiental del país. En todo el mundo las universidades tienen su cátedra forestal asociada a temáticas ambientales y de conservación”.

PROTEGER LO VALIOSO

Hay seis tipos de Alto Valor de Conservación, desde zonas con especies endémicas a aquellas con un atributo cultural puntual. La superficie del área depende de lo que se quiera conservar, si es a nivel paisajístico, el área será mayor en superficie que aquellas que sean declaradas AAVC por contener un valor cultural específico. Para determinar si una zona puede ser declarada AAVC se realiza un proceso con expertos que hacen un diagnóstico para identificar qué hay en el predio, “los atributos en cuestión y según el caso deben ser estudiados por biólogos, arqueólogos, paleontólogos, historiadores”. Así lo explica Aguerre, y agrega que lo ideal es que sean equipos interdisciplinarios que trabajen en conjunto y no de forma independiente. Esto además es positivo porque genera empleo para especialistas.

Inés Aguerre y Carolina Sans. (Fotografía: Archivo personal)

En una siguiente etapa va a consulta pública y cuando es declarada debe cumplir con un plan de manejo para lograr conservar las Áreas de Alto Valor de Conservación con los estándares exigidos por la certificación. Si bien hay una guía genérica de reconocimiento y manejo de AAVC, cada medida se adapta a lo que se tiene que conservar. El plan de manejo es la hoja de ruta que indica qué corresponde hacer para conservar, y eso va a depender del atributo. Sans hace hincapié en la importancia de tener un plan de manejo: “Conservar es hacer uso del recurso de forma racional ¿Cómo? A través de medidas de protección”. Lo que tienen en común las AAVC es que todas las empresas tienen un plan de manejo que están obligadas a cumplir porque la certificación conlleva controles anuales, que son una ventaja a la hora de monitorear el cumplimiento del plan.

CONSERVAR ES GESTIONAR

Las ingenieras agrónomas explican que cada plan es específico para lo que se busca proteger y que, a su vez, no es rígido. Aguerre añade que no es lo mismo conservar un pastizal que un bosque, o un atributo cultural puntual que una zona donde pueden aparecer especies exóticas invasoras. “El plan de manejo es la hoja de ruta, que indica los principales aspectos a tener en cuenta para la gestión de un área protegida. Por ejemplo, si tengo que conservar determinado atributo, ya sea especies de flora, fauna o atributos arqueológicos, tengo que conocer la línea de base, para luego definir las medidas efectivas para la conservación y el monitoreo”. Sans destaca la importancia de la “replanificación” que surge a partir de que se monitorean las medidas adoptadas.

Si no se están adoptando las medidas para conservar sugeridas por los expertos, eso se evidencia en las auditorías y las empresas tienen un plazo para corregir su accionar. Desde sus inicios a comienzos de la década de 1990, la certificación surge en respuesta al interés de los consumidores por saber más acerca de la madera y conocer qué pasa en los bosques de donde proviene. Aguerre destaca la importancia de los controles, “el espíritu de las certificaciones siempre es la mejora continua, no es castigar si no promover que las cosas se hagan mejor”.

Tanto en superficie territorial como en planes de manejo, la conservación del sector forestal es mayor a la que se realiza a través del Sistema Nacional de Áreas Protegidas

Para actualizar los datos de las áreas protegidas por forestales, Sanz y Aguerre tomaron en cuenta las AAVC, pastizales, bajos y aquellas zonas como cornisas, que son ricas en biodiversidad pero no son declaradas Áreas de Alto Valor de Conservación. Además, consideraron la superficie de bosque nativo, porque el estándar no admite plantaciones forestales donde haya habido cambio de uso de suelo, entonces también es un área que se conserva. Las investigadoras hallaron que la sumatoria de esa superficie es superior a las áreas que entran dentro del Sistema Nacional de Áreas protegidas (SNAP), que son aquellas que, como señala Sans, “el país decide proteger –por decreto— para conservar determinados ecosistemas, hábitats o especies característicos y de especial relevancia, así como también atributos histórico-culturales”.

MÁS QUE UNA DENOMINACIÓN

A nivel mundial, el primer parque nacional surgió en Estados Unidos en 1872, tras un informe que analizaba el ecosistema de un territorio y proponía cómo conservarlo. A partir de ahí se crearon muchos parques nacionales y luego los sistemas correspondientes para organizarlos. Posteriormente, en 1948 se creó la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, que definió las categorías de manejo, qué es un parque nacional, qué es una reserva de hábitat, etcétera.

(Fotografía: Gentileza Nelson Ledesma)

En Uruguay y en la órbita pública, Sans señala que las áreas protegidas “no nacen en el año 2000 con la Ley del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). En la década de 1940, el Ing. Agr. forestal Gabriel Caldevilla obtenía en la Universidad de Michigan el título de Master en Parques Nacionales, y en 1953 se crea el Departamento de Parques Nacionales en la órbita del Ministerio de Obras Públicas (hoy Ministerio de Transporte y Obras Públicas)”.

Para Sans, la inclusión en el SNAP tiene varias dimensiones: “Además de conservar ecosistemas, hábitats o especies, las áreas protegidas cumplen una función social a través de la educación ambiental, la interpretación de la naturaleza y la recreación al aire libre acorde a lo indicado en el plan de manejo, para todos los ciudadanos del país. Se busca que futuras generaciones puedan apreciar las características naturales de Uruguay. Estas áreas son de interés nacional, de ahí que el diseño del sistema implica la planificación y su manejo, que va más allá de solo incluir áreas”.

Una de las conclusiones del trabajo es que hay ecosistemas importantes, como palmares y bosques pantanosos, que no están dentro del SNAP pero sí están protegidos por empresas forestales por ser Áreas de Alto Valor de Conservación (AAVC). Un ejemplo interesante es el de las especies de comunidades vegetales de palmares nativos, como Butia odorata y Butia yatay, que están amenazadas.

Para Aguerre, una diferencia interesante entre las AAVC y las áreas protegidas dentro del SNAP es que actualmente hay 17 áreas dentro del SNAP y solo cuatro tienen plan de manejo, mientras que todas las Áreas de Alto Valor de Conservación (AAVC) tienen un plan de manejo y lo cumplen. “Hay que establecer qué se va a hacer para conservar. Conservar es manejar, no es no tocar”. Como los controles realizados en el marco de la certificación forestal son anuales y la certificación vence cada cinco años, las empresas forestales se comprometen a seguir un plan de manejo donde se contempla todo, “desde aspectos sociales a ambientales y económicos. Estos controles voluntarios se convierten en un aliado importante al contralor estatal, ya que a veces el Estado no cuenta ni con el presupuesto ni con la infraestructura de inspección necesaria para realizar controles a escala predial año a año”.

“Los controles voluntarios del sector forestal se convierten en un aliado importante al contralor estatal, ya que a veces el Estado no cuenta ni con el presupuesto ni con la infraestructura de inspección necesaria”. Inés Aguerre

Sans considera que debería haber más incentivo para el productor, porque en algunos casos conservar es voluntario y siempre supone un esfuerzo de gestión. Ambas coinciden en que toda actividad productiva genera un impacto, tanto positivo como negativo y, como expresa Aguerre, lo positivo de la certificación “es que busca lograr un equilibrio entre producción y conservación que sea económicamente viable”.

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18 septiembre, 2020